Se alivian los duetos
en el fulgor extinguido de cuerpos de siete dígitos.
Ni la miseria rapaz se
ha permitido
refugiarse en mis
banquetes de séptimo elemento.
Se eterniza el
supuesto de un insecticida apuesto.
Un vagón de sol
malcrió a mi barca de papel con rieles al rojo muerto.
Y tapizar las paredes
vaciando camas y bares.
Canciones de mástique
y hace frío en entramado de xilófono tuerto.
Frigidez furiosa en ornatos
para pizzas impares
merece mis batallas de
besos por beber brebajes graduados.
Diafragma de astucias
con caperuza lobular,
sedimentación de
ojeras no matriculadas en diarreas,
retráctil el vuelo de
naipes inescrupulosos,
y triunfa el óxido
primaveral de baúles inmortalizados por aquel puerto.
Oteros pálidos de sal
se cuecen en sartenes
y campanas en la cocina del empeño
y el solaz arratonado
del primer encuentro
improvisa rizos desde
las barbas de un bagre muerto
como perro con teclas
de clavicordio.
Entusiasta se
contornea la transfiguración del cortinaje aéreo,
sables y mitones
para leer impávido el
rostro lívido del libro que nació pariendo flores.
Ojos, cielo, mirra y
cuento,
hogareño el cafiche
atrincherado en las esquinas de litio y muermo.
Deseos destituidos de
hartazgo,
azotes de sotana para
el inclemente suero del labriego que no riega.
Ser armario y nariz
para el traquetear de los sigilos,
evento supremo de lo
indecible,
lo que elogia la tertulia
barroca
que interviene los
acentos distribuidos entre mis yemas.
Tareas subliminales
para un filtro de cigarrillo de repuesto.
En la nata de las
adicciones,
en los pliegues de mi
barca de papel que grazna
y exorcizan los calambres
de quietud.


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