Refulge el trueque
rezagado de grises por querubines de cimbra y saetas,
en cereza silvestre ornamentada por tendones y
axilas clausuradas al cálculo.
Mesetas de esplendores
en tu sonrojo y
la muchedumbre de
amarantos en reclamos por tu aliento.
El pensamiento de mi
canto pellizca las ropas vertidas de tu sonrisa,
te solazaste en los
abriles de cada idioma de mi intimidad,
en los eneros ceñidos
al alborozo abismal del candelero que factura goce.
Fiebre y fe de niño,
me saluda la innovación en tañidos de amatista.
Amor imperioso que
dora los rangos desconocidos de un topacio escrito.
Amor mío.


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