La imagen de mi
ventana duerme en fardos de tierra de nadie
y el paisaje retrocede,
exhala el torso ceniciento de tu soplo.
Confundida por los
ademanes que disuelven tu albergue,
surge el chirrido
imprevisto de cajones y amuletos cifrados
los que develan
sortija invulnerable que se desliza sobre la parábola del arrojo
cuando la espera de
pieles ya no acepta números ni dados.


No hay comentarios:
Publicar un comentario