El deleite del ocaso irriga con glicinas
los cerrojos inertes de mi collado
irreversible.
Agria la incertidumbre de esta mazmorra
de cera y resonancias vascongadas.
Se retuerce la esperanza que rutila mímica de scherzo y raigambre.
Artera la maldición de mis pupitres,
féretros capciosos
que cobijan la pasta celulosa menesterosa
de aljibes de símbolos.
La lluvia arrecia oscura en el pálpito de
mis límites aún no desembuchados.
Inflama la dicha para fundir peral de
cornamusa con boinas y amuletos,
anfitriones de alas finalistas, de flores
que germinan en el único mar que…
…también vuela.


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